domingo, 2 de diciembre de 2012

Y la vida se detuvo…



No existía un claro motivo para el torbellino que arrasaba aquella vieja ciudad abandonada. El recuerdo que se alzaba en vuelo  arrancaba la corteza de la memoria. Como cientos de agujas se lanzaron en una marcha caótica  con destino al foco del lugar.

Uno a uno salía de sus madrigueras, caían del cielo e incluso hacían acto de presencia  desde las sombras,  todo era confusión.

El valle de la perdición se encontraba invadido por la premisa de la locura; Locura colectiva que tenía congregadas a las hordas que tomaron las calles.

No existía alba…

Tampoco  noche…

El día había perdido sus fases, era un cúmulo de instantes, sentencias y falacias desperdigadas en el escritorio de un viejo escritor moribundo, recitando las últimas notas desde el cansado resonar de una desgastada garganta.
Armonías antes existentes en el ambiente dejaron de sonar… tan solo quedaba calamidad.

Se percibía un cambio en la rutina, las agendas se vaciaron de tajo, las citas habían terminado, calendarios deshojados, relojes sin minutos que contar,  marchas autómatas se encargaban de enardecer el lugar como una chispa encendiendo la resequedad  de un puñado de hojas secas.

Así uno a uno se consumía entre fuegos nuevos, las calles alumbradas por el arder de  las llamas, sin grito sin llanto…

Derrumbes por doquier, lápidas esparcidas sobre la orbe tallada en piedra, restos de lo que fue doblegados ante lo que dejo de ser…

Corrientes de aire  a penas perceptibles…
Se apagaron las miradas, se enmudecieron las gargantas, los sentidos se perdieron,  todo cayó  al abismo del ciclo.

Nada quedaba  ya, la reminiscencia de lo que fue se desmoronó entre historias mudas,  el pulso cesó,  aquel corazón demacrado cedió, la muerte despertó de su letargo…

Y la vida se detuvo…

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