domingo, 31 de julio de 2011

BETA X.x


“Algunas veces viene, otras se desvanece…
Algunas ocasiones me acaricia, en otras mis labios lo envenenan…
El incubo que me seduce es la llave perfecta para abrir las puertas del infierno y sellar  eternamente las oxidadas cerraduras del cielo”

La idea del paraíso siempre ha sido una simpleza ordinaria para los fieles de aquel poderoso ser  innombrable, multitudes de ancianas y fieles obligados le sirven, un bendito ejercito fascista dirigido por escuetas moralejas. 
Nunca preste atención a sus sermones, mi infancia se mantuvo cubierta por paradisiacas sombras inescrutables y desuniformes. La belleza de los seres grotescos engendrados en las llamas del universo, me seduce desde que aprendí a distinguir sus formas  de las de los ángeles.
Dudaba que algo tan hermoso  fuera a materializarse para mi autorrealización, sin embargo, subestimé a los encantadores moradores de las sombras, al encontrar mi madurez física y al ver las escultóricas manos de la naturaleza labrar mi fisionomía se hicieron presentes infinidad de seres.
El primero se presentó ante mí  en el cumpleaños número dieciséis,  entre murmullos gélidos y frenéticos chirridos  se introdujo  dentro de mi habitación acompañado de dispersos nubarrones grisáceos. Tomó la ordinaria forma mortal. Sin interés alguno deje que su presencia molesta  de descarnado rondara entre la penumbra de mi habitación, abracé la almohada y cerré los ojos entre  agradables bostezos.  El hombrecillo trajeado, con sombrero de copa  e  inexpresiva faz se acercó a mi cama, colocó su sombrero ante mis pies y sopló un fétido céfiro sulfúrico, su aroma inundo mis sentidos en pocos segundos, no llamó mi atención, respondí con una patadilla desinteresada para extinguir la molesta presencia.
Sus intentos de adquirir mi atención no cesaron, después de algunos intentos entre bailecillos patéticos y actitudes pueriles, termino por destrozar su forma humana con un torbellino de insectos  que carcomieron su traje y  con un sonoro crujido, la llovizna de bichos se esparció por mi habitación.
La molestia  brutal con la que  encaré al gallardo fastidio se desvaneció al ver la hermosa fisionomía de aquel  caballero oscuro, descarnado ¸con un evidente enfado y divinas alas de piel lacerada por el tiempo, su rostro estaba cubierto de llamas que goteaban frescas desde sus ojos, sus labios estaban destrozados por las filosas cuchillas que poseía por dientes.
Lo admire con una emoción divina, mi corazón mecanizaba los engranes del  flujo sanguíneo, me sonrojé y caí rendida entre sus brazos, era la primera y  hermosa vez que apreciaba un ser tan macabro que llenaba de éxtasis mi pecho.
El primer encuentro furtivo me cautivó, mi vida dejo de ser la ordinaria sucesión de momentos insensatos y se convirtió en la hermosa fantasmagoría del tártaro en todo su esplendor.
La belleza de aquellos seres era encantadora,  vaciaban mi energía noche a noche, su presencia tenía un costo al que cedía gustosa a pesar de que me consumieran lentamente, el dolor  físico era poca cosa a comparación del placer que se fundía en mi interior con pueril emotividad.
Mis años de juventud pasaron entre noches demoniacas, citas puntuales ante las puertas del limbo, bellezas descarnadas con retorcidas facciones plutónicas;  todo era perfecto,  dejaron el absurdo juego de la seducción humana por la de su encanto natural el mismo  que acabó por  encerrarlos en las doradas jaulillas del inframundo.
Las aves del paraíso caído vagaban en mi vano mundo, anhelaban mi esencia  y yo su presencia; así  inicio un inefable ciclo de necesidad, diferentes almas putrefactas me cautivaron  hasta que conocí  a: Balban.
Aquel cenit primaveral inducía a la apreciación celeste,  la formación planetaria  se congregaba en singular estatuilla. La menguada damisela se veía adorada por distintos destellos monocromáticos que la rodeaban en una exquisita sincronía de movimiento. Las horas murieron lentamente ante aquel espectáculo que presagiaba la oculta invocación  de mi deseo.
Él reloj marchaba entre onomatopeyas de agonía, la oscuridad rodeaba mi habitación me encontraba sumida en una hipnosis planetaria.  A través de la ventana la danza de luces astrales   tomaba formas caprichosas, siluetas luminiscentes ondeaban en la lejanía enmarcando la figura perfecta de un caballero seductor.
Su  figura de radiantes destellos robaba mi atención por sí sola, no lograba distinguir más allá de una silueta, sin embargo, me atrapó.
Un deseo sicalíptico de las profundidades de la tierra había encarnado, destrozando una estrella con su firme paso para satisfacer mis deseos viles de contacto extrasensorial.
En el marco de mi ventana la presencia de aquel ser desprendía una energía extraña, perceptible  y exquisita, incitaba los sentidos de algún incauto presente, en el magnífico escenario de ocultas entidades, solo estaba yo, esperando por una posesión más allá de lo carnal, deseaba que mi espíritu fuera devorado por las fauces afiladas de  un hermoso demonio.
Aquella noche mágica, encontré algo que un simple mortal jamás despertó en mí, una sensación que a pesar de ser manchada por el yugo de los putrefactos y egoístas humanos se reveló ante mis ojos virginales con la titánica figura de un  guardián de la  hoguera de placer. La misma de la que salían entidades fascinantes y descarnadas para poseer mi materia, más allá del plano físico, mi espíritu pertenecía más a su extraña vibración, que al dogma insensato del sufrimiento.
La oculta enfermedad humana que padecí no la catalogare con un nombre tan bajo como amor, era más allá de una atracción física que desemboca en egoísmo, traspasaba el abismo con tan solo un ligero toque de su esencia.
Al principio la presencia de Balban no era muy asidua, muchas noches deseaba admirar su figura titánica, sin embargo, simplemente las visitas fatuas de bajos astrales  ennegrecían la reminiscencia de mi divino ángel calcinado.
El éxtasis que me producían las peculiares  sombras del olvido comenzaban a desinteresarme, lentamente surgía una necesidad instintiva por el único y gallardo espectro  digno de mi fidelidad; Balban.
El tiempo se desarrollaba lentamente, incrustándose en mi como rosales ennegrecidos por la podredumbre de la muerte, encasillada en mis reminiscencias vulgares las noches  retrocedían del perfecto placer a la mundana necesidad, la cual solo sería saciada por una sola bestia.
Pensamientos cruzados equilibraban mi  mente farsante, el placer de la elocuencia comenzaba a perderse en mi madejo de histeria y desesperación. Deseaba que el alquimista nigromante  transmutara los bajos espectros indignos de mi afecto. La soledad comenzaba a eclipsar una desconocida parte de mí.
El cenit de mi soledad fue custodiada por una incandescente luna, destellante y carmín como mis labios surcados por los años de profecías primarias. Esa noche fue instintiva y mágica, en lo profundo de mis encharcados pensamientos, resplandecía una oscura chispa de deseo, controlaba mi cuerpo, mis sensaciones. Las puertas de la percepción se abrieron de par en par, el mínimo roce de las caricias otoñales, desataba huracanes  delicados de emoción. Estaba lista para la velada, la presencia de aquella noche no sería singular, prepare mi sutil ropa nocturna a la espera de encontrarme con el festín de placeres ocultos.
Entre los estigmas que producían los segundos de espera, una esencia macabra sano la ansiedad y las cicatrices producidas por la impaciencia, era la gran y exquisita realidad de mi barón descarnado, Balban tomo algo más allá de mi substancia, me cubrió con las oscuras pieles de una sensación desconocida y revitalizante, encantadora. Deje profanar mi alma, un placer más inmenso que la experiencia que sentía al entregar  mi carne al infierno.
Ese día no solo el placer encarnó, también una delicada y necesaria esencia de naturaleza  espectral, unión de malicia y deseo, aquella conexión que nos llevo a imaginar una hermosa sincronización, no importaría el plano o vibración, seriamos uno por la eternidad, sin prohibición, estaríamos atados a la inmensa gama del destino como un hilo único.





II
El cuadro perfecto de materia y substancia éramos el y yo, el oleo  inimaginable de lo estético se realzaba con los vívidos colores, hermosos matices que traspasaban fronteras materiales, espirituales y vibratorias.
Noche a noche llegaba enfundado cual divino marqués entre seductoras formas, al clímax de la oquedad nocturna, me deslumbraba con su forma verdadera, la prohibida y mortífera cicuta del abismo.
El tiempo paso entre cúmulos de caprichos cerebrales, puesto que lo nominado como amor en este plano no es más que una ennegrecida presencia de deseos céntricos del individuo, a la edad de mi  madurez  los humanos que compartían las características temporales conmigo, no tienen la capacidad de admirar en la profundidad del pantano, se atascan de fango mugriento y putrefacto,  se ahogan en aquel lodazal por la eternidad. La esencia de aquel sentimiento era desconocida por mi género pueril, hasta que  nosotros osamos engendrar juntos la sublime creación de aquel mancillado epitafio.

El amor era  la inmortalidad, juntos seríamos un mismo ser para siempre, ahí recaía el poder que habíamos engendrado, no en la inestable existencia de los crudos caparazones humanos indignos de admirar por su terquedad  funesta.

El eje de nuestra creación era indivisible, la apreciábamos  solo nosotros, entre espejos de carne y espíritu, cada uno era el reflejo del otro, del deseo y placer.
Los planos en  los que nuestra materia se desenvolvía eran distintos, para que  la unificación de nuestras sustancias se completara, debíamos de ofrecernos al imperio infinito que prescinde del sufrimiento, la muerte.
La respuesta a la incógnita universal  se establecía ante nosotros con noble notoriedad, un ser dependiente de la naturaleza dimensional podía entrelazar su inefable destino con el de una materia mortal mediante un solo hilo, la parábola del génesis, un fruto resultado del género decadente de este mundo, la efímera presencia humana.
Posesión, esa era la inequívoca solución a la amoralidad de los crueles estados supra tangibles, la presa digna del opíparo festín de la inmortalidad sería elección de ambos, la materia seria mi trabajo, la esencia el de Balbán. Como experimentado catador de almas estableció bajo el lecho plutónico un extravagante engaño. Cuando la cacería concluyera, la susodicha criatura sería atraída por mi lucidez e invadida por la vibración del diminuto titán.
Cada noche que ennegrecía mi habitación entre sublimes matices plateados, el ventanal desgarbado  que ascendía por el muro  principal, reflejaba los destellos  de una luna cansada, posada  por la eternidad cual fiel gárgola, esperando la vida entregada por su amo, su creador.
Desde aquel cristal empañado tras los embates de la gélida gasa nocturna veía pasar a diario encarnadas presencias, tratando de encontrar un digno portador de mi esencia amada. La noche que la inocente y  delicada figurilla de una transparente alma meditabunda oculto la brillantez de la luna, el conocimiento discurrió sobre mí entender la incesante  vibración del flamante  lucero digno de luz propia, de un romance grotesco, a la sombra de la muerte, en el manto de la eternidad y el infinito.
La mirada de la criatura en cuestión se desvanecía entre las sombras, un anhelo se reflejaba en los preciosos cristales que centelleaban con el brillar de las perladas lágrimas, la oscuridad establecía un infinito brillo en la tristeza de aquella alma de sueños mancillados, su suicidio estaba próximo…

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